El 20 de julio de 1976, Viking 1 se posó en Chryse Planitia y comenzó una de las operaciones científicas más ambiciosas realizadas hasta entonces sobre otro mundo. No fue, estrictamente, el primer aterrizaje suave en Marte: la soviética Mars 3 había logrado ese hito en 1971, aunque dejó de transmitir apenas 14,5 segundos después. Viking 1 fue otra cosa: el primer aterrizaje marciano verdaderamente exitoso y sostenido, capaz de trabajar durante años.

Lo que hizo después explica por qué la misión sigue provocando discusiones medio siglo más tarde. Viking tomó suelo marciano, lo introdujo en pequeños laboratorios automáticos y realizó pruebas concebidas para buscar señales compatibles con vida. Una de ellas produjo una respuesta que parecía exactamente el tipo de señal que sus diseñadores esperaban obtener de organismos activos.

Tres experimentos biológicos y un GCMS

La batería científica suele resumirse como cuatro experimentos relacionados con la búsqueda de vida: tres pruebas biológicas —Labeled Release, Pyrolytic Release y Gas Exchange— más un cromatógrafo de gases acoplado a un espectrómetro de masas, o GCMS, destinado a buscar compuestos orgánicos. La historia oficial de NASA sobre Viking describe cómo cada método atacaba la pregunta desde un ángulo distinto.

El más polémico fue el Labeled Release, dirigido por Gilbert Levin. El instrumento colocaba suelo marciano en una cámara y añadía una solución acuosa de nutrientes orgánicos marcados con carbono-14. Si algo metabolizaba esos nutrientes, el sistema podía detectar la liberación posterior de gas radiactivo.

La primera adición produjo precisamente una señal de ese tipo. El instrumento registró una liberación significativa de gas radiactivo, mientras que las inyecciones posteriores no provocaron una respuesta equivalente. Vice reconstruyó esa secuencia y también recoge la frase con la que el responsable del proyecto Viking, Gerald Soffen, condensó la interpretación que terminó imponiéndose: “no organics, no life”.

Levin nunca estuvo de acuerdo con esa conclusión. Décadas después, él y Patricia Ann Straat volvieron a defender en un artículo de 2016 en Astrobiology que la explicación biológica debía seguir sobre la mesa. El propio resumen del trabajo reconoce, sin embargo, que esa interpretación era y continúa siendo muy controvertida.

Por qué la señal no bastó

El problema era que Viking no llevaba un único detector de vida. Los resultados debían interpretarse en conjunto, y el resto del cuadro no parecía respaldar una conclusión biológica clara. Los tres experimentos biológicos produjeron respuestas complejas, mientras que el GCMS no encontró los compuestos orgánicos marcianos que los científicos esperaban hallar si el suelo contenía organismos.

Además, una reacción química del propio regolito podía, en principio, producir gas sin necesidad de metabolismo. NASA terminó describiendo los resultados de las pruebas biológicas como actividad química inesperada y enigmática, pero sin evidencia clara de microorganismos vivos. Esa sigue siendo la lectura conservadora.

Sin embargo, una pieza que los científicos de 1976 desconocían apareció décadas después.

El perchlorato cambió la interpretación del GCMS

En 2008, Phoenix analizó suelo de las llanuras septentrionales de Marte y encontró una señal compatible con perchlorato. El equipo de la misión informó aquel agosto que estaba investigando sales de perchlorato detectadas en el suelo marciano. La fecha importa: Phoenix fue lanzada en 2007, pero aterrizó y realizó esos análisis en 2008.

El perchlorato no destruye simplemente toda materia orgánica por estar presente en el suelo. El problema aparece cuando se calienta. En 2010, experimentos con suelo del desierto de Chile y perchlorato mostraron que el calentamiento podía destruir compuestos orgánicos y generar clorometano y diclorometano, precisamente los tipos de compuestos clorados que Viking había detectado y atribuido a contaminación terrestre. JPL explicó entonces que, al calentarse durante la búsqueda de orgánicos, el perchlorato puede destruirlos rápidamente.

Eso no convierte el resultado de Viking en una detección de vida. Los compuestos orgánicos pueden tener orígenes biológicos o no biológicos. Pero sí debilitó una de las razones históricas para descartar rápidamente la posibilidad de que el suelo de Viking contuviera materia orgánica marciana.

La hipótesis de que Viking añadió demasiada agua

Dirk Schulze-Makuch, astrobiólogo vinculado al grupo de astrobiología de la Universidad Técnica de Berlín, ha planteado una posibilidad todavía más provocadora. En un comentario publicado en Nature Astronomy en 2024, señaló que organismos de ambientes hiperáridos pueden obtener agua mediante sales que captan humedad y propuso que los experimentos Viking podrían haber dañado hipotética vida marciana al aplicar demasiada agua.

La lógica parte de un problema de diseño inevitable en 1976: los experimentos estaban construidos alrededor de supuestos inspirados por la vida terrestre. Si un organismo marciano estuviera adaptado a condiciones muchísimo más secas y salinas que las de los microbios para los que se diseñaron las pruebas, una solución acuosa de nutrientes podría no ser un regalo. Podría ser un estrés letal.

Eso sigue siendo una hipótesis, no una explicación demostrada de la señal del Labeled Release. No sabemos que hubiera organismos en aquellas muestras, y tampoco podemos reconstruir ahora qué habría ocurrido dentro de la cámara si los hubiera habido.

La discusión sigue abierta, pero no está equilibrada

La reinterpretación no se limita a una entrevista o una ocurrencia tardía. Un artículo publicado en línea a finales de 2025 en Astrobiology, firmado por Steven A. Benner, Schulze-Makuch y otros autores, sostiene que los datos del GCMS fueron malinterpretados y reclama una nueva discusión científica sobre lo que realmente mostró Viking.

Eso no significa que exista un consenso nuevo a favor de vida marciana. La posición dominante sigue siendo mucho más cauta. En su revisión del 50 aniversario, el SETI Institute señala que la mayoría de los resultados se interpretaron como incompatibles con actividad biológica clara, aunque uno de los experimentos produjo resultados compatibles con metabolismo y mantiene vivo el debate.

La diferencia es importante. Decir que Viking “encontró vida” va mucho más allá de lo que permiten los datos. Decir que todos sus resultados quedaron explicados de forma definitiva en 1976 también resulta demasiado simple después del descubrimiento de perchlorato, de las nuevas investigaciones sobre ambientes hiperáridos y de las sucesivas relecturas del Labeled Release.

Lo que las misiones actuales hacen de otra manera

Las misiones modernas no se limitan a repetir el pequeño laboratorio de Viking. Perseverance, por ejemplo, estudia rocas y sedimentos de Jezero con una gama de instrumentos distinta y también extrae núcleos que sella en tubos para un posible análisis futuro mucho más detallado.

Hay, sin embargo, que ser precisos sobre qué ocurrirá con esos tubos. NASA describe actualmente Mars Sample Return como un plan y una campaña propuesta, no como una cadena de misiones cuyo retorno a la Tierra esté garantizado. Perseverance continúa reuniendo muestras con vistas a un posible retorno futuro, pero la ruta concreta para traerlas a laboratorios terrestres ya no puede presentarse como algo asegurado.

Una señal que sobrevivió a su explicación original

Viking cambió la exploración de Marte porque sus módulos siguieron trabajando mucho más allá de los aproximadamente 90 días previstos. Viking 1 permaneció operativo durante más de seis años, convirtiendo una hazaña de aterrizaje en un observatorio de larga duración sobre la superficie marciana.

También fue una demostración de cuánto dependía la búsqueda de vida de la química que los ingenieros podían anticipar. Klaus Biemann, del MIT, fue una de las figuras centrales de aquella historia: lideró el equipo científico que llevó el espectrómetro de masas miniaturizado de Viking a Marte para buscar compuestos orgánicos.

Ese equipo trabajó con el mejor conocimiento disponible en los años setenta. No sabía que Phoenix encontraría perchlorato décadas después, ni podía diseñar una prueba alrededor de formas hipotéticas de vida adaptadas a una aridez más extrema que cualquier ecosistema que entonces se comprendiera bien.

Por eso la señal del Labeled Release sigue resultando tan difícil de archivar. Puede haber sido el producto de una química marciana extraña. Puede haber registrado un proceso biológico. Los datos disponibles no permiten resolver esa disyuntiva, pero tampoco han hecho desaparecer la pregunta.

Cincuenta años después, aquel pequeño recipiente de suelo de Chryse Planitia continúa haciendo lo que los mejores experimentos científicos hacen cuando la naturaleza no entrega una respuesta limpia: obligar a cada generación a volver a los datos y preguntar si entendió correctamente lo que estaba viendo.