Cualquiera que haya pasado un rato con un bebé de seis meses lo ha notado: entre una toma y la siesta, puede pasar largos minutos chillando, gruñendo, estirando sonidos parecidos a vocales o escuchándose a sí mismo. Durante mucho tiempo, estas vocalizaciones se han tratado como una etapa difusa antes del habla, pero una investigación reciente apunta a algo más estructurado: buena parte de ese aparente ruido se organiza como exploración y práctica vocal.
El estudio, publicado en PLOS ONE en 2024 por Hyunjoo Yoo, de la Universidad de Alabama, Pumpki Lei Su, de la Universidad de Texas en Dallas, y sus colaboradores, siguió las vocalizaciones de 130 bebés expuestos al inglés y con desarrollo típico durante su primer año de vida. Los investigadores encontraron que los chillidos agudos y los gruñidos graves tendían a aparecer agrupados en el tiempo con una frecuencia que no encajaba con una distribución puramente aleatoria.
Un archivo sonoro de la primera infancia
Los investigadores no llevaron a los bebés a un laboratorio para producir sonidos bajo demanda. Los participantes formaban parte de un estudio longitudinal realizado en Atlanta por el Marcus Autism Center, Children’s Healthcare of Atlanta y la Escuela de Medicina de la Universidad Emory, y las familias utilizaron dispositivos LENA para realizar grabaciones de jornadas completas en casa.
En total, el análisis reunió 1.154 grabaciones de jornada completa, una media de 8,9 por bebé. De cada grabación se seleccionaron al azar 21 segmentos de cinco minutos, lo que produjo 24.234 segmentos codificados por evaluadores humanos.
El análisis principal se concentró en tres tipos de protofonaciones: vocants, sonidos parecidos a vocales producidos en el rango habitual del bebé; squeals, vocalizaciones muy agudas; y growls, sonidos graves o ásperos. Los codificadores también registraron otras vocalizaciones menos frecuentes, además de llantos, gemidos y risas, pero las pruebas de agrupamiento se centraron en esas tres categorías principales.
El hallazgo: agrupamientos que no son azar
Los investigadores utilizaron pruebas exactas de Fisher para comprobar si los chillidos y los gruñidos aparecían distribuidos al azar entre los segmentos de cada grabación. El resultado fue claro: el 40% de las grabaciones mostró agrupamiento significativo de chillidos y el 39% mostró agrupamiento de gruñidos.
Cuando se contaba cualquiera de los dos tipos, el 61% de las grabaciones presentaba agrupamiento significativo de chillidos o gruñidos. Y al observar a cada bebé a lo largo del tiempo, el 87% mostró al menos una edad con agrupamiento significativo de chillidos y al menos una con agrupamiento de gruñidos; ninguno de los 130 bebés careció por completo de ambos patrones.
Eso no significa que un bebé decida conscientemente practicar un sonido como un músico ensaya una escala. Lo que demuestra el análisis es algo más limitado pero importante: estas categorías vocales no aparecen repartidas al azar, y el patrón es compatible con la interpretación de los autores de que los bebés exploran activamente lo que pueden hacer con su voz.
Del ruido al ensayo: por qué importa
Los propios investigadores describen esta actividad como una posible forma de juego y práctica vocal. Un bebé puede producir varios chillidos durante un periodo, pasar después a otros sonidos y, en otro momento, concentrarse en gruñidos; esa organización puede ayudar a construir categorías vocales diferenciadas mucho antes de que esas categorías se conviertan en sílabas o palabras.
La idea conecta con décadas de investigación sobre el balbuceo canónico, las secuencias bien formadas del tipo “ba-ba-ba” que aparecen durante el primer año. Un estudio clásico de D. Kimbrough Oller y sus colegas encontró que los bebés con inicio tardío del balbuceo canónico tendían a tener vocabularios productivos más pequeños a los 18, 24 y 30 meses que los bebés del grupo de comparación.
El trabajo de Yoo y Su se ocupa de una etapa aún más elemental. Su interés está en cómo chillidos, gruñidos y sonidos parecidos a vocales se organizan en categorías antes de que el repertorio del bebé se parezca claramente al habla.
Un aparato vocal en construcción
Todo esto ocurre mientras el aparato vocal también está cambiando físicamente. La anatomía del tracto vocal infantil no es una versión en miniatura de la adulta: entre otros cambios, la laringe desciende a medida que el niño crece durante los primeros años, alargando el espacio faríngeo del tracto vocal supralaríngeo.
En ese contexto, explorar registros muy agudos y muy graves puede ofrecer al bebé oportunidades repetidas de experimentar con diferentes configuraciones de fonación. El estudio de PLOS ONE no demuestra que esa sea la función mecánica exacta de cada chillido o gruñido, pero sus resultados encajan con la idea más amplia de que el control vocal se va construyendo mediante una exploración sistemática del repertorio disponible.
Balbuceo, atención y respuesta del adulto
La mayor parte de la exploración estudiada por Yoo y sus colegas no necesita estar dirigida a otra persona. De hecho, los autores señalan que una gran proporción de las protofonaciones infantiles ocurre fuera de la interacción vocal directa con los cuidadores.
Eso no significa que la respuesta social sea irrelevante. En un experimento anterior, Michael Goldstein, Andrew King y Meredith West manipularon la manera en que las madres respondían a las vocalizaciones de bebés de ocho meses y encontraron que la respuesta materna contingente favorecía conductas vocales más complejas y maduras, mientras que la respuesta no contingente no produjo el mismo efecto.
Son dos procesos que pueden coexistir. Los bebés parecen explorar por su cuenta una gran parte del tiempo, mientras que la interacción social puede modificar rápidamente lo que hacen con esos sonidos cuando otra persona responde.
Lo que queda por descubrir
El estudio de 2024 tiene límites claros. Trabajó con bebés expuestos al inglés y clasificados posteriormente como de desarrollo típico, y su sistema de codificación redujo un repertorio acústico muy complejo a unas pocas categorías manejables. Los propios autores advierten que esa simplificación puede ocultar diferencias más finas entre sonidos y edades.
Una cuestión que ya ha empezado a investigarse es si el mismo patrón aparece en bebés autistas. Un estudio posterior de Su, Yoo y colaboradores comparó 103 bebés de desarrollo típico con 44 bebés autistas y encontró agrupamientos claros de chillidos y gruñidos en ambos grupos a lo largo del primer año. Dentro del grupo autista, la cantidad de agrupamiento tampoco mostró asociaciones significativas con el lenguaje posterior, las conductas repetitivas o las medidas de gravedad del autismo a los dos años.
Eso hace especialmente importante no convertir este patrón, por ahora, en una herramienta diagnóstica que la evidencia no respalda. Su valor actual es más básico y quizá más interesante: muestra que, desde los primeros meses, la voz del bebé ya tiene una organización que parece servir a la exploración de categorías vocales.
Así que el bebé que chilla desde la cuna no está necesariamente intentando decir algo ni ensayando conscientemente una palabra futura. Pero tampoco está produciendo sonidos completamente al azar: mucho antes de “mamá” o “agua”, ya está explorando sistemáticamente lo que su voz puede hacer.