La mañana del 1 de septiembre de 1859, el astrónomo aficionado inglés Richard Carrington proyectaba la imagen del Sol sobre una pantalla en su observatorio de Redhill y dibujaba, como cada día despejado, los contornos de un enorme grupo de manchas. De pronto, dentro de ese grupo aparecieron dos parches de luz blanca intensísima. Duraron apenas unos minutos. En otro punto de Inglaterra, Richard Hodgson observaba lo mismo sin saberlo. Los dos habían presenciado, sin proponérselo, el primer registro documentado de una fulguración solar.

Diecisiete horas y media más tarde, la Tierra recibió el golpe. Una eyección de masa coronal —una nube de plasma y campo magnético lanzada por el Sol— alcanzó el planeta y desencadenó, en la madrugada del 2 de septiembre, la tormenta geomagnética más intensa registrada en la historia. En la escala moderna de la NOAA se clasificaría como G5, el nivel máximo posible. Los análisis de testigos de hielo sugieren que fue al menos el doble de grande que cualquier otra tormenta de los últimos 500 años.

Auroras donde nadie las esperaba

Esa noche, el cielo cambió de color muy lejos de las latitudes donde suelen verse las auroras boreales. Hubo relatos desde el Caribe, incluida Cuba, y desde Centroamérica. En Nueva Inglaterra, los periódicos describieron un resplandor rojizo lo bastante intenso como para leer un diario en plena madrugada. En el hemisferio sur, las luces del sur —normalmente confinadas a las cercanías de la Antártida— se desbordaron hacia latitudes tropicales.

Para un habitante del siglo XIX, aquello era espectáculo puro. Para la única red eléctrica planetaria que existía entonces, el telégrafo, fue otra cosa: una avería masiva, simultánea y desconcertante.

Chispas en las oficinas telegráficas

Los sistemas telegráficos de Europa y América del Norte comenzaron a comportarse de forma errática. Los aparatos soltaban chispas, daban descargas a los operadores y se volvían difíciles de controlar. En algunas estaciones, el papel telegráfico se quemó. En otras, las llaves seguían transmitiendo señales aunque las baterías estuvieran desconectadas.

Fue en una línea concreta donde el fenómeno adquirió su forma más nítida. Entre Boston y Portland, en Maine, los operadores decidieron cortar las pilas que normalmente alimentaban los equipos. La línea quedó, en teoría, muerta. Y sin embargo continuaron intercambiando mensajes durante aproximadamente dos horas, usando solo la corriente que el cielo estaba empujando por los cables.

El diálogo, recogido después en los archivos telegráficos, tuvo un tono casi doméstico: un operador proponía prescindir de las baterías y trabajar con la corriente auroral; el otro aceptaba; ambos comprobaban que las señales llegaban limpias. La red no se había vuelto inalámbrica. La electricidad no caía del cielo directamente sobre los aparatos. Lo que ocurría era más sutil y, visto con ojos modernos, más inquietante.

Cientos de kilómetros de cable convertidos en circuito planetario

Un cambio brusco en el campo magnético terrestre —provocado por el impacto de la eyección solar— induce corrientes en cualquier conductor lo bastante largo. Las líneas telegráficas del noreste de Estados Unidos, tendidas sobre postes de madera y ancladas a tierra en cada extremo, ofrecían exactamente esa geometría: cientos de kilómetros de alambre puesto a tierra que pasaron a formar parte de un circuito eléctrico planetario. La variación del campo magnético hacía las veces de generador. Los operadores, sin proponérselo, estaban usando la magnetosfera terrestre como fuente de alimentación.

Ese día, Carrington fue prudente. En su comunicación a la Royal Astronomical Society, publicada en el número de noviembre de 1859 de Monthly Notices, se cuidó de no afirmar categóricamente que la fulguración blanca observada la víspera hubiera causado la tormenta magnética. Los físicos del siglo XIX sabían que auroras, agujas de brújula y averías telegráficas a veces aparecían juntas, pero no tenían la teoría para vincularlas de forma causal. Faltaba entender el plasma, el campo magnético interplanetario y la conexión eléctrica entre el Sol y la Tierra.

¿Y si ocurriera hoy?

El evento Carrington se ha convertido en la vara de medir del clima espacial extremo. La pregunta que persigue a quienes vigilan al Sol —desde el Space Weather Prediction Center de la NOAA hasta las agencias europeas— es qué ocurriría si una tormenta de esa magnitud volviera a golpear la Tierra en una civilización enteramente dependiente de la electricidad y de la electrónica.

La infraestructura no ha permanecido inmóvil. Tras las tormentas geomagnéticas fuertes de 1989 —que dejó sin luz a la provincia canadiense de Quebec durante nueve horas— y de 2003, las operadoras eléctricas y de satélites han incorporado mejoras y protocolos. En mayo de 2024, cuando una tormenta severa alcanzó la Tierra, la infraestructura resistió relativamente bien. Aun así, los especialistas coinciden en que un evento de nivel Carrington podría tener consecuencias catastróficas sobre el GPS, los satélites, las comunicaciones globales y las redes de transmisión de alta tensión.

Ese mes de mayo de 2024 dio, además, una pista de por qué la vigilancia se ha vuelto obsesiva. Un cúmulo masivo de manchas —la región activa 3664— emergió por el limbo solar el último día de abril y en una semana duplicó su tamaño hasta superar el diámetro de 15 Tierras. Era la mayor mancha que los pronosticadores habían visto en años. El ciclo solar 25, que entraba en su fase de máxima actividad, estaba resultando bastante más intenso de lo previsto: solo en mayo de 2024 aparecieron más de 170 manchas visibles en la superficie del Sol.

Una advertencia escrita con chispas

El ciclo solar, ese vaivén de aproximadamente 11 años en la actividad magnética del Sol, alterna periodos de calma casi absoluta con máximos en los que la estrella lanza decenas de manchas por semana. En los mínimos, el Sol puede pasar meses sin una sola mancha; en los máximos, escupe eyecciones de plasma con frecuencia. La cuestión no es si volverá a producirse un evento extremo, sino cuándo, y qué tan preparados estará el mundo cuando ocurra.

Otros descubrimientos científicos sobre el Sol han seguido caminos igual de curiosos: el helio se detectó en el espectro solar en 1868, veintisiete años antes de aislarlo en la Tierra. En 1859, en cambio, el Sol no se dejó observar en su composición, sino en su fuerza bruta: descargó su energía sobre un planeta que apenas empezaba a electrificarse.

La imagen que queda de aquella madrugada es concreta y casi literaria. Dos operadores telegráficos en el noreste de Estados Unidos, con las baterías desconectadas y las llaves aún funcionando, tecleando mensajes que viajaban por cables convertidos en la extensión de un fenómeno cósmico. Cada punto y cada raya que salía de sus dedos era, literalmente, un latido del campo magnético terrestre sacudido por el Sol. La red eléctrica más avanzada del planeta funcionaba, esa noche, enchufada al cielo.

Ciento sesenta y seis años después, con miles de satélites en órbita, cables submarinos que sostienen internet y redes eléctricas continentales, un episodio equivalente no encendería telégrafos: apagaría gran parte de la civilización técnica durante semanas o meses. Los operadores de Boston y Portland alcanzaron a asomarse, sin saberlo, al primer aviso de esa dependencia.